Tamaños

James A. Lindsay y Peter Boghossian

Los conceptos pecado original y privilegio son idénticos quitando que actúan en diferentes universos morales. En las religiones con las que estamos familiarizados, el pecado original es algo con lo que se nace. Es algo a lo que no se puede escapar. Es algo sobre lo que realmente no hay nada que hacer, excepto avergonzarse. Es algo que se debe confesar y tratar de purificar. Es algo que requiere perdón, expiación, penitencia y trabajo. Es algo que, si se toma en serio, sirve para intimidar a los demás.

Todo el mundo es un pecador; todo el mundo es privilegiado; y ambos constituyen la caída del Hombre. Ambos son la mancha sobre todos los que, en virtud de su existencia, están a la altura de la perfección moral. Ambos son una especie de enfermedad que amenaza a la sociedad. Es algo a lo que no se puede escapar. Ambos deben ser detestados y se debe exigir la redención del culpable.

El concepto de privilegio, como el de pecado, posee la virtud de que describe algo real, algo que de manera tan obsesiva como acertada se describe como “problemático”. Ya sea que se reciba aval para un préstamo bancario, ser tratado de determinada manera por las autoridades legales, o que se demarque el potencial académico de un niño, o los accidentes de nacimiento que acaban resultando una barrera desalentadoramente injusta o una ventaja inesperadamente inmerecida. Enmarcar estas cuestiones en términos de privilegio, sin embargo, es el camino equivocado para conceptualizar el problema. El problema real y terrible, por supuesto, es la discriminación;tanto la evidente como, en sus forma más insidiosa, la sutil.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *